El Halcón Valdés
Mi viernes comenzó con una cena en Casa Paco (Calle Altamirano, Argüelles), donde te rellenan las tortillas desde morcilla con queso, hasta de solomillo con cebolla caramelizada, pasando por gambas, salmón con roquefort y jamón serrano.
El sábado, bastante lleno aún, me levanté con buen pálpito. Había tenido una semana dura de trabajo, me quedé en el frigo sin la crema de limoncello de Sorrento que tanto me gusta, no había podido ver ninguna de las pelis que me he alquilado (La condesa descalza, Doctor Zhivago y Truman Capote), pero tenía buenas vibraciones con el fútbol.
Todo comenzó con el tanto de Miguel de las Cuevas en el peor partido de la temporada del Madrid. Porque, no lo olvidemos, el Madrid es un encefalograma plano que provoca sueño a los abuelos y pavor a las jóvenes criaturas. Ver a Khedira y Lass junto roza lo gore. Con ellos, lo lógico es no regatear ni a los árboles ni trenzar dos pases seguidos. ¡Qué bien vendrían estos dos para coger tomates!
Luego vino mi Barça. Y con él, mis cinco cervezas que neutralizaron el atracón de pizza casera de anchoas con queso de cabra, bien aderezado con nachos y más queso caliente. Así vi el gol con la mano de Piqué. Fue mano y me encanta. Me encanta ganar así las Ligas y todos los títulos posibles. Disfruto leyendo a Relaño y oyendo llorar a los seguidores del Madrid. Disfruto con Thiago Alcántara y con Jonathan Dos Santos, la quintaesencia del futuro barcelonista. Ganamos con ellos y el halcón Valdés, pero nadie ha dicho que lo hicimos con nueve: Villa está pesado y lento como el solo (salvo para rodar anuncios), mientras que Afellay es un mimo de La Rambla.
John Huston estaría orgulloso que utilizara su título para referirme al mejor portero del mundo.
¡Visca el Barça!



















