Le dijo un limón a otro

Mientras que el Barça sigue construyendo su camino, sin salir de él, el Madrid pega volantazos sin sentido en un carro con motor, lo que viene siendo un motocarro. El Barça tiene una idea, unos colores, una Masia, una filosofía que cree ciegamente en ella. Primero ella y, si no es posible, prefiere la inexistencia. Jamás la renuncia.
El Madrid es ocre, tenue, confuso, envenenado, dubitativo, artificial. Funciona por bandazos, como los conductores borrachos. Pasa de un día para otro de los planes con dulces y coca-cola a los salados con birra. Todo por ganar, todo por nada. El último giro de timón en el camino es apostar por un entrenador con personalidad, probablemente el que más carácter tiene de la era Florentino, un presidente que prefería técnicos-marionetas: Macarios, Monchitos, Doña Rogelias o Rockefeller. Sumisos con rodilleras, siervos sin taparrabos dejando el ojal descubierto. Tras hartarse de galacticidio en sus jugadores, ahora delega esta corriente en el mister. Si eso fracasa lo siguiente es el desierto, la nada, la pared con la que choca Jim Carrey en el show de Truman, la vida de Halle Berry en Monster Ball (El baile de los monstruos), el paseo por el parque del abuelo que ya lo hizo todo en la vida y sólo le seduce mirar a los petanquistas, parientes y petardistas. Guardiola es el que manda, por eso triunfa. Mourinho y Pérez, cuando se miren para decirse cosas, el resultado de ambos será la cara que pone un limón cuando se reta con otro. Amargura pura y dura. Sabor inaguantable. Convivencia falsa. Cara, pero falsa. Siempre quedará la venta de camisetas.
¡Visca el Barça!










