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Eva al desnudo

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Nunca me han regalado nada en la vida. Tampoco me gusta alardear, pero aquí lo haré porque no se conoce mi identidad, sólo por eso. Hoy me han comunicado que este blog tiene 20.000 visitas mensuales así que os doy las gracias a todos y os invito a salir a los que quieran marcharse, que aún están a tiempo. Objetivamente, esa cifra es una mierda, pero teniendo en cuenta que no me pagan por hacerlo…
Bueno, me conformo con que les guste a algunos, aunque pensándolo bien prefiero que me critiquen para no aburrirme. Os cuento mis batallitas de los últimos días y mis ideales sobre algunos temas candentes. No comenzaré, y ya viene siendo habitual, hablando de fútbol, porque es una basura a día de hoy. Comenzaré por la película que vi el sábado de sobremesa: Eva al desnudo, dirigida magistralmente por Joseph L. Mankiewicz y protagonizada de forma supina por Bette Davis, el ejemplo de mujer que puede ser la más guapa y la más fea a la vez. Esta definición me la dio una vez una compañera sobre Zlatan Ibrahimovic, pero eso no viene a cuento. Lo cierto es que esta cinta se llevó seis Óscar y estuvo nominada a 14, récord absoluto en Hollywood. No me gusta el título, ya que le iría mejor ‘El poder de la ambición’. Porque sí, la ambición recalcitrante jamás hace caso a los corazones, mucho menos repara en los medios. Es curioso como Eva pasa de indigente a mega estrella del teatro tras cortar la cabeza a todos, salvo a un cínico periodista que se llevó la estatuilla a mejor secundario.
Vamos al fútbol. ¿Qué es el fútbol? ¿Lo que juega Fernando Torres? ¿Lo que hace Jesús Navas? ¿Lo que practica Marchena? Yo pensaba que el niño se dedicaba a hacer el ridículo, el sevillano a vivir de una finta que hizo hace cinco años y el defensa vivía de la carnicería de su pueblo. Por favor, fútbol es cuando juega el Barça. Si no lo hace, todo es desierto, páramo, solar, austeridad. Si tuviera que elegir entre eso y el programa ‘Casadas con Miami’, de La Sexta, me decanto por el placebo, que al menos es inocuo.
¡Visca el Barça!

Marchena

carnicero

En mi pueblo he visto cómo muchos futbolistas que prometían y se iban a comer el mundo acabaron en el mercado trabajando de carniceros con su padre. Eso era algo normal. Lo que es más extraño es el caso contrario: nacer carnicero y dedicarte a jugar el fútbol o, mejor dicho, vestirte de corto para dar patadas a las piernas en lugar de a los balones. Un ejemplo es Carlos Marchena, el mayor carnicero de nuestra Liga. Un tipo barriobajero que se enzarza con diestro y siniestro para suplir su gran carencia en la vista: lo más redondo que ha visto en su vida ha sido un ladrillo. Marchena es de esos tipos amargados y tuercebotas que, en lugar de pies, tienen cuchillos y, en lugar de cerebro, tiene un tupido saco de serrín que le impide razonar en esta vida.
Aún así, rodeado de chorizos, entrecots, chuletones y lomos de sajonia, le da para ganar una Eurocopa y jugar en este Valencia de Emery y Villa, que sólo sabe cabrearse o chuparse el dedo. Cosa de niños.
Insisto, que aún no me he quedado a gusto. Necesito hacer hincapié en las carnicerías que rodean el Pabellón de las Artes y las Ciencias de Valencia. Probablemente allí hay algún pobre mileurista que tenga criterio con el balón, pero esté postergado a cortar carne y mancharse de sangre. Si es así, veo claro la necesidad de que acuda a Paterna para llevar a Marchena unas tablas de madera y un par de cuchillos jamoneros a ver si así se entera de su verdadera profesión. La única que ha desempeñado durante toda la vida. Eso sí, disfrazado de futbolista y con un murciélago en la solapa.
¡Visca el Barça!

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