El clímax

La vida es una concatenación de hechos sin sentido que van creando una forma invisible, tu forma. Para ir moldeándola influye tu capacidad de raciocinio de las cosas, tu riqueza, tus sentidos. También del prisma desde dónde se analiza todo. A veces éste puede ser indetectable y otras veces más gordo que las gafas de Barragán. ¡Sí, cómo estamos, bueno!
Israel, lejos de verse como un país ocupante e instigador en Gaza, se ve como mártir, un pobre país aún dañado por el yugo de Auschwitz. Su torpedeo a la flotilla lo ve como algo necesario para que la humanidad evolucione. Esto es un caso extremo que explica los diversos puntos de vista que pueden tener las cosas. Sucede con Mourinho, al que le veo como un tipo resentido, siempre pensando en el Barça, y otros le ven como un efebo griego, un kuroi atractivo, incluso para ellos. Poco menos que el ideal de belleza contemporánea: bajo, piel oscura a base de rayos uva, canas, chulería y traje chaqueta. Ah, también esa raya al lado marcando tendencias en el peinado. Sobre todo tendencia.
La Selección es también algo que me sorprende, sobre todo por el revuelo que causa. Ayer apagué la tele y fui a cerrar la ventana cuando aún faltaban cinco minutos para el final. De pronto me detuve a ver tres o cuatro familias en los pisos de enfrente. Vibraron con el gol de Pedro, se abrazaron, se besaron, se tocaron, gritaron, se metieron mano… Alguno incluso alcanzó el clímax absoluto. Un goce divino, provocado por el televisor. Un goce parecido al de Santa Teresa de Jesús cuando recibió la visita del ángel. Lo plasmó Bernini y se encuentra en Roma, Iglesia de Santa María de la Victoria. “Vamos a ganar el Mundial”, escuché. De momento ya se ha caído Iniesta. ¡Ojalá no podamos jugar por no tener en regla los pasaportes! Eso sí que sería un placer. Demasiado incluso. Casi tanto como escuchar las vuvuzelas. A mí esta selección me importa lo mismo que la huelga a los funcionarios.
¡Visca el Barça!











