San Mamés

Este fin de semana estuve en Bilbao viendo al Barça y el Guggenheim. La visita duró un día y medio, lo justo para probar los deliciosos pinchos, conocer el pueblo pesquero de Algorta, tomar un par de txacolis y conocer San Mamés, ese estadio del que los vascos presumen tanto y al que llaman La Catedral. No sé si fue efecto de la copa de vino que tomé cuatro horas antes del partido, pero cuando me coloqué delante del campo pensaba que era una tienda de chinos. No lo digo porque vendieran tanto litros, como hielo, pipas, barras de pan, magdalenas, compresas, papel higiénico, leche, mecheros, palomitas o alcohol en horas intempestivas; lo digo por la fealdad y el aspecto cutre que tenía por fuera. Por dentro la cosa mejoró algo, sobre todo por la afición, pero no me extraña que se quieran hacer uno nuevo. La sensación de vejez por fuera y agobio por dentro son razones más que suficientes para que la directiva pague a todos los que estén dispuestos a sacrificar dos horas de sus vacaciones por visitar esta Catedral, usurpada por los chicos de Pep. En cuanto al fútbol, soy de los que piensan que el Athletic le gana al Barça uno de cada mil partidos, pero bueno no pasa nada. Cada uno está donde se merece y los de Caparrós, con su fútbol de batalla, están para competir con el Getxo, el Sestao o Elgoibar. Me pregunto si estos también juegan en tiendas de chinos. No se me ofenda nadie por favor, que el pincho de morcilla con huevo de codorniz está francamente bueno. Por cierto, vi la Ría, pero ni rastro de la famosa Gabarra. Igual estaba tapada por las telarañas.
¡Visca el Barça!










