Dios salve al rey

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Como el miércoles me comí una gran hamburguesa con sus respectivas patatas y nuggets de pollo mientras me reía de Luis Aragonés, las manos de mermelada de Casillas y la velocidad de movimientos de Ramos en el área, anoche tocó cenita ligera: revuelto de gambas, huevo, ajetes y espinacas. Me senté a ver a Brasil y saqué varias conclusiones. La primera de ellas es que hay un tipo que se hace llamar Kaká que parece haberse contagiado de la ‘magia’ de Ambrosini, Gattuso, Zambrotta, Seedorf o Ronaldinho. Dicen que es el nuevo crack del Madrid, pero su tosquedad con el balón en los pies supera a la del ‘Tren’ Valencia, Seitaridis, Spasic, Claudemir Vitor o Ricardo Rocha. Este último al menos marcaba goles, aunque fuera en su propia portería. Luego está el ‘rebelde’ Robinho, que se marchó “para ser el mejor jugador del mundo”. En mi pueblo, durante mi pésima carrera de futbolista, hubo algunos que hacían sus mismos regates en el medio del campo, sin crear peligro alguno. Robinho ha acabado en el City, que no es mejor que el Villanovense Club de Fútbol. ¿Los de mi pueblo? Pues uno está vendiendo hielo, otro pone copas en un garito y otro escuché que tenía ofertas para ‘currar’ en Carrefour. No es de extrañar ver el brasileño vigilando favelas dentro de un par de años. Por último está Dunga, con sus americanas horteras, que reserva al mejor jugador del equipo en el banquillo: Daniel Alves. Por mí genial, pero no sé que más necesita hacer para ser titular en una Brasil sin rey. Un golazo de falta impresionante y una jugada increíble con gran asistencia a Luis Fabiano (que trabaja en los puestos de escopetas y palillos en la feria de Sevilla) fue lo mejor del choque. Dios salve a este tío para que siga ganando muchos tripletes en la Ciudad Condal. Para eso es el equipo que le paga.
¡Visca el Barça!

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