Barça-Manchester United

Antes de nada le recuerdo a la persona que se lo propuse, para ver si se da por aludida, que quiero ir al cine a ver Ángeles y Demonios. Me leí el libro y me gustó, pero no porque me apasione excesivamente la lucha entre Ciencia vs. Iglesia, sino porque la historia transcurre entre las calles de Roma. Allí pasé un año de mi vida, conocí la cultura, aprendí a defenderme con el idioma y me sorprendió que la decadencia también pudiera provocar belleza. De todo eso han pasado ya casi tres años, pero alguien muy cercana a mí me sigue diciendo que aún sigo ‘viviendo’ allí. Para nada, la experiencia fue inolvidable, reconfortante y a la ciudad le cogí mucho cariño, pero porque volví a España. Todo fue bonito porque tuvo su final, de lo contrario estoy seguro que habría sido agobiante, que al Coliseo lo vería como piedras en descomposición y al Circo Máximo como una simple pradera verde. Afortunadamente no es así. Les veo como impresionantes monumentos que encierran miles de historias. El estado en que se conserven llega a ser secundario.
Esto lo cuento porque la última vez que celebré la Copa de Europa de mi Barça fue en Roma, cuando aún cursaba la beca erasmus. Estaba con mi camiseta blaugrana loco de alegría en Campo de’ Fiori, la plaza donde fue quemado Giordano Bruno por la Inquisición romana. Lo festejé, con mis colegas culés, junto a su estatua, que custodia esa maravillosa plaza. El próximo miércoles 27 de mayo no estaré allí pero, si el Barça gana, a buen seguro que me vendrá a la mente esa plaza, una de las que más ambiente nocturno tiene de la ciudad eterna. El fútbol pocas veces es agradecido, pero este año está aliado con los ángeles que dirige Guardiola. Nada que ver con los ‘diablos rojos’ de Ferguson. Esos, según el libro de Dan Brown, están en el Vaticano y son auténticos demonios.
¡Visca el Barça!










