La Ría del Nervión

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Nunca he estado en Bilbao, pero me gustaría ir para ver el Guggenheim y tomarme unos vinos con sus respectivos pinchos. Además, desde que le metimos mano al Athletic en la Copa, tengo curiosidad para ver como ha quedado la Ría del Nervión, de la que tanto presumen. Confirmo que, justo antes de la final, he escuchado comentarios sobre ella como si se tratara del mismísimo Océano Atlántico. Seguro que si le queda algo de agua, que lo dudo, estará llena de ruedas desgastadas y las botas viejas que tiró Zubizarreta o Endika en el 84, cuando el color acababa de aterrizar a la televisión. Pues bien, los tíos hablan de ella como si estuviera repleta de langostinos y corales, camarones y sirenas. Agua marina, cristalina, peinada por la brisa.
Se las prometían muy felices, pero no contaban con el temporal que asoló la ría, convirtiéndola primero en charco y luego en un páramo. Aún así, como de ilusiones se vive, el Athletic tuvo un recibimiento en Bilbao diez veces más grande que el del campeón de Copa en Barcelona. La justificación que dan es que son una gran afición, que siente los colores, que su amor es desinteresado. Teniendo en cuenta este hecho se me ocurre que, si el equipo encima hubiese ganado, los hinchas habrían llevado rodilleras para hacer favores a los jugadores. Justo antes de verter sobre ellos el agua bendita. De la Ría de Bilbao no, claro. Ante la sequía de agua y de títulos han decidido reutilizarla para que desfile Aitor Ocio con su perro. Es su verdadera profesión y, en la moda como en el fútbol, mandan las vanguardias.
¡Visca el Barça!

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