Panes, peces y empanadillas de Móstoles

milagros

Ya me lo dijo el novio de mi prima, Óscar, el pasado sábado cuando acabó el partido: “Mete en el blog que el Barça fue como Moisés, que abrió las aguas para que pasara el personal por allí”. Y que comenzara el ‘chorreo’ de goles, le faltó decir. Gracias tío, me has dado una idea, aunque no creo en los milagros. Lo del sábado fue la confirmación de la penuria que lleva viviendo el Madrid desde hace meses, bien disfrazada con dosis de aburrimiento, eso sí. Por allí pasó un huracán que retrató a varios figuras: Lass acabó el partido lila corriendo detrás de Xavi, Sergio Ramos colorado y Cannavaro blanco y con la oreja mojada, del chaparrón. Lo que vi el sábado por la noche es el mejor partido que he visto de mi equipo en toda la historia y, para más gusto, en casa del eterno rival, ese Madrid que presume de Castellana y su público le dejó tirado en una carretera secundaria comiendo panes y peces. Porque, claro, no me diréis a estas alturas que si Jesús fue capaz de reproducirlos, alguno de vosotros (merengues y/o pobrecillos) no esperabais otro milagro similar. ¡Venga!
Durante el partido, me quedé casi afónico celebrando los goles del Barça. Además, me dolían incluso las rodillas de tirarme al suelo a festejarlo. La ocasión merecía la pena, porque se estaban librando algunas afrentas: remontada al Getafe tras el ‘casquerazo’, empate injusto ante el Atlético en Chamartín, expulsión a Juanfran por inventarse dos penaltis clarísimos de Pepe… No me apetece seguir, pero lo único que quiero dejar claro es que nunca se hizo tanta justicia en el fútbol, nunca ví a Moisés separando ningún mar, ni a Jesús cogiendo la calculadora para multiplicar panes y peces, ni que en los videoclubes cataloguen como fútbol a un equipo que ofrece un juego prejuicioso, digno de serie B. Nunca ví los ovnis, ni a los hombres comerse a los perros, nunca ví al monstruo del Lago Ness, nunca el agua transformándose en sangre, ni escuché psicofonías. Esos son temas de Iker Jiménez. El otro Iker, conocido como santo, no fue más que un monje de clausura incapaz de hacer frente al mejor equipo del momento.

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Sólo recibió una dosis de sentido común, pero me consta que quedó saciado. No le quedaron ganas de comerse una ración… ni siquiera de empanadillas de Móstoles.
¡Visca el Barça!

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