Flagelación

Lo primero, ante todo, os quiero pedir disculpas por haberos abandonado durante algunos días. Lo siento, estuve de viaje fuera de España. Me dio tiempo a volver a tiempo para asistir el domingo al Vicente Calderón a ver una película dura y cruel: la última flagelación de Cristo.
Me refiero al Barça, evidentemente, el único equipo capaz de hacerse daño a sí mismo, de ser su peor enemigo, perder lo imperdible, de dar vergüenza. En ocasiones parecía que incluso disfrutaba con lo que estaba haciendo en el campo, que se sentía feliz mientras Eto’o fallaba goles, cuando Silvinho o Márquez regalaba balones, cuando Víctor Valdés seguía soñando con cochinos, pasillos, guantes, melones y sandías (lo único que sabe parar). Estos tres nombres son los que lideraron este auto de fe que supone la flagelación. A Eto’o le ví reírse cada vez que fallaba una ocasión. El tío se dejó sus botas en la caseta porque prefirió sacar su escopeta de ferias que compró en el Barrio Gótico de Barcelona. A Silvinho, con sus canas, comprobé que el club le haría un favor si le sacaran un billete de autobús para viajar con el Imserso a Marina d’Or, ciudad de vacaciones donde viaja mi abuelo y se lo pasa genial el tío. Lo de Víctor Valdés merece un capítulo especial. Tras el gol del Pequeña Buda, el de Juninho en Champions y el de Forlán, sinceramente merece que le denuncien. Así de claro. Lo gracioso, para él digo, es que le dio la mano a Forlán cuando este ya le había clavado dos chicharros. El pobrecillo tiene mucho mérito, porque ha revivido una enfermedad que parecía obsoleta: el síndrome de Estocolmo. Que el uruguayo me pega un guantazo, pues le pongo la otra mejilla; que el Madrid amenaza, pues yo me dejo goles para que sienta su aliento en el cogote; que me ponen los cuernos, pues invito a mi novia un crucero por el Mediterráneo… deberá pensar el amigo Víctor.
Luego está Guardiola. Guapo, elegante, incuestionable, dominador de la retórica, amante de las bufandas, defensor de la modestia incluso cuando el equipo brillaba como el oro. Falso, todo falso. Ese exceso de modestia, de sosiego, de anti-euforia denota superioridad, aires de grandeza, prepotencia más bien. Supo dominar la situación con el viento a favor, pero ahora es el encargado de comprar ese alambre con pinchos que están rotando sus jugadores. Eso es amor por el Barça. Eso es creencia ciega. Tan asustados están del Madrid que ya incluso disfrutan con la situación. El problema es psicológico: no son capaces de competir cuando tienen un enemigo cercano, a unos doce puntos de diferencia. Se me ocurre una comparación fácil: ¿Qué pasaría con un albañil si decidiera dejar de trabajar porque hay una cierta competencia en las obras? ¿Qué sucedería si Benjamin Button decidiera no salir a la calle a comerse el mundo porque tenía bastón a los ocho años? ¿Qué sería de un estudio de 35 metros cuadrados si un inquilino no lo viera como un pequeño gran palacio? Que nada tendría sentido, que la desesperación podría provocar locuras. La última es un auto de fe que lo patentó Jesucristo. La versión moderna la está llevando a cabo mi equipo.
¡Visca el Barça!










